Si algo tiene de malo esto de mi vejez es que cuando más lo necesitaba, cuando la materia que me sostenía empezó a hacer aguas, me quedé solo. Me imagino que en esta situación estarán la mayoría de los pensionistas viudos sin hijos que en el mundo son, que diría un viejo amigo mío, que la vida en esta última etapa de la existencia, es reiteración y monotonía, y una espera asfixiante del deseado estallido final. Murió mi esposa y con ella se fueron todas las ilusiones a la canasta de la ropa sucia, que ya escribí en otra ocasión. Me quedé desnudo del todo ante el frío de su ausencia, varado en la orilla alquitranada que bañaba un mar de silencios y angustias. Me vine aquí, al punto de origen, a Santa de la Sierra, siguiendo la ruta de un pájaro herido, alejándome de los lugares donde nos quisimos, que dice la canción. Huyendo de los escenarios de la felicidad me vine aquí, a dormir en la misma habitación en la que mi madre me trajo al mundo, a vivir esta muerte en vida. En este punto de oscuridad apareció Nela de Santiago, que así le puse de nombre, mi perrita, un podenco español color canela de cinco años de edad y siete kilos de peso con los ojos de un bebé asustado. Nela venía de la perrera municipal. La humana con la que había vivido sus primeros años no podía ya con los días que curvaban su espalda, y tuvo la gentileza de no abandonarla, el amor de dejarla en buenas manos. Nela fue mi tabla de salvación. Cubrir sus necesidades se convirtió en mi objetivo primordial. Recorrimos todas las sendas posibles, ella olisqueando los rastros de las otras vidas que hay en la cunetas de los caminos y viniendo a mi cama a recordarme que ya era hora de levantarse, que el mundo seguía ahí afuera, y que ya habrá tiempo para la eternidad de la muerte. Nela ya no está. Y la casa huele a traición y soledad, como cuando murió mi madre.

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