José y la lámpara maravillosa

                Estamos en Capadocia, en un arenal sin rastro de agua; con una vegetación rala y espinosa. A nuestra izquierda hay una elevación del terreno de una altura como de un edificio de cuatro pisos. En esa verticalidad se abren unas cuevas de las que el guía nos cuenta multitud de cosas interesantísimas que yo ya ni me acuerdo (1).

Estamos todos muy juntos, arremolinados en torno a la voz turca que habla para nosotros en español. Llega la hora de subir al autobús, de emprender la marcha hacia el bazar de las alfombras de “Las mil y una noches”, hacia un nuevo destino. Aquí nos da un vuelco el corazón. Falta José. Nos ponemos a llamarle a gritos, José, José, cada vez más fuerte, cada vez con más miedo, con más nervios, que los secuestros en esas tierras, entonces, ahora no sé, eran cosa de todos los días.

Y, de repente, José aparece. Sale de una pequeña mezquita, aquí diríamos que de una ermita, que hay a unos ciento cincuenta metros de donde nosotros estamos, acompañado de un lugareño vestido al uso tradicional de aquellas tierras, conversando con él en ese idioma universal de los gestos, como si fueran amigos de toda la vida.

        José trae en las manos, obsequio del imán, una pequeña, sucia, vieja y usada lámpara de aceite. Se despiden con una inclinación de cabeza, la mano sobre el corazón y una sonrisa de oreja a oreja. Los ojos de José brillan de felicidad. Sus manos acarician la antigüedad de la lámpara con un amor de padre. Sonríe levemente. “Le he ofrecido mil liras, pero él me la ha regalado”, dice.

         Así era José. Le atraían los objetos antiguos y las vidas de los otros que duermen en ellos. Aquella lámpara había estado presente en las oraciones de multitud de fieles de Alá, en lejanas tierras, guardaba en su interior infinidad de secretos, ecos de voces desaparecidas que llegaban hasta el presente, y que estoy seguro que él oía. A lo mejor todo eran palabras incomprensibles, pero eso no importaba, con el murmullo de la voz del corazón humano le era suficiente.

         Y esto ocurría allá donde fuera, en todos y cada uno de sus muchos viajes. Allá de donde viniera, siempre traía algo usado, gastado por los años; y ese brillo en los ojos, y esa leve sonrisa. Le importaba poco o nada que estuvieran haciendo una carretera nueva, que las calles se estuvieran asfaltando o no. A él le llamaba mucho más el pasado. Podríamos decir que vivía más en él que en su propio presente. Horas, días enteros organizando fotografías de los tatarabuelos de este Burujón que solo él recordaba. Años enteros buscando las dormidas voces en el silencio del ayer, siempre al fondo de la escena de su propia vida, viendo todo desde la pasión de un alma noble instalada en la introspección, en el silencio, en la pasión por lo de antes.

         Seguro que Jesús le ha recibido en el cielo con un regalo: un cáliz de barro antiguo, aquel cáliz con el que se hizo la primera consagración del pan y del vino, nada menos.

Descansa en paz, hermano.  

 

 

(1)

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En este lugar se visitan  las casas de la Edad de Bronce que los trogloditas (habitantes de las cuevas) esculpieron, y que posteriormente fueron usadas como refugio por los primeros cristianos.


 

 

El texto es de Santiago Solano Grande