Glenda



Glenda 

Tardé en darme cuenta. No sé cómo pudo pasar.

    Entonces retrocedí en los recuerdos al día que la conocí. Lo primero que me llamó la atención de Glenda fue su cuerpo. Era extranjera. Una melena rubia con destellos albinos le caía sobre los hombros, y un flequillo le tapaba la frente en un intento por disimular un rostro redondo y unos ojos inexpresivos. Solo los labios gruesos y gesticulantes de la boca revelaban sus emociones. En aquel tiempo andaba necesitado y puse todo mi empeño en regalarle el oído con dulzuras copiadas de otros, que no sentía. Mi vista siempre se deslizaba por su escote y las curvas de sus caderas. 

     Al principio, nos fue bien. Nos trasladamos a unos pisos baratos de las afueras de la ciudad. Habían construido dos edificios alargados que, como una frontera, separaban lo urbano del campo. Detrás, el río y un puente de piedra antiguo. Todo el barrio estaba sin asfaltar y apenas sin luz. Lo dejaron sin terminar. Así que con las frecuentes lluvias se embarraban las calles y hasta se caía algún pedazo del recubrimiento de las fachadas. Le prometí que no sería para siempre. 

     Deseaba realizar mi sueño, lo juro. Tener una familia como mis amigos, ahorrar un poco y, tal vez, construir nuestra propia casa. Era albañil y algo entendía de esas labores. Pero el demonio de la crisis desbarató los planes. El paro se convirtió en rutina, lo mismo que el deambular, el menudeo. Además, en casa las noticias no fueron mejores. Glenda enfermó y supimos que no podría tener hijos. Para mí fue un alivio, pero ella lloró y lloró. A partir de ahí nuestra relación cambió. Me acusó de su desgracia. No sabía consolarla, tampoco me apetecía. Además, nunca hubiera pensado que con los años aquellas curvas y aquel culo revoltoso que me volvía loco se iba a ir agrandando más y más. Se volvió irreconocible. 

     Cada mañana salía a buscar trabajo. Así dejaba de lado los gritos y las disputas. Me conformaba con pocas horas para, al menos, pagar la luz. Eran horas de esclavitud, de miseria, que no resolvían gran cosa. El alquiler hacía meses que no lo pagábamos. 

     La situación mejoró algo al trapichear con papelinas. Los amigos, atentos al relucir de las monedas, me empujaban a pasar largos ratos en el bar, me adulaban. A veces bebía mucho y otras veces me divertía apostando a las cartas hasta quedarme sin blanca, no sin antes apartar pequeñas cantidades que daba a mi mujer, porque vivía conmigo y, a pesar de todo, me hacía la comida y alguna vez me dejaba tocarla. 

     Las estaciones se sucedían: el otoño dejaba paso al invierno y al revés. Cada vez la permanencia en el bar era más prolongada. Al llegar a casa, Glenda protestaba y levantaba la voz hasta que me escondía en una habitación para no verla. 

No entiendo cómo no lo advertí. 

     Los años transcurrían y nada mejoraba. Recostada en el sofá del salón, Glenda apenas se movía. Los brazos entrelazados con dificultad en el regazo y la mirada fija en la pantalla de un Samsung de tercera mano. 

     Todavía vivíamos en la misma casa, aunque cada uno en un extremo de la misma. Nuestra falta de recursos hizo que asumiésemos una relación de supervivencia. Era una coexistencia llena de reproches, sobre todo por parte de ella, que mantenía aquel cuchitril de arrabal, gracias a una pequeña ayuda de invalidez. Las broncas terminaban con un sonoro portazo por mi parte. Desde el otro lado de la puerta le lanzaba juramentos y amenazas, encerrado en aquella cárcel consentida, en aquella jaula por cuyo ventanuco se veían los tejados de pizarra vecinos y un pedazo de cielo siempre brumoso.

    La comida alcanzaba lo justo para mí; ella devoraba sin freno y yo le sisaba todo lo que podía. A cambio, Glenda me obligaba a fregar y limpiar si no quería oírla rezongar. 

     Tras la paliza que me arrearon unos tramposos, no volví a pasarme por el bar. Me quedé algo tocado y dejé mis actividades. Sin dinero no podía vivir por mi cuenta. La idea de un albergue, en el que seguramente no habría plaza, era más penosa que la idea de vivir a la intemperie. Debía pensarlo despacio. 

   Glenda empeoró. Casi nunca abandonaba el salón salvo para ir al servicio con extrema dificultad. Dormía en el sillón. Me daba igual, aunque reconocía que en esa época me desenvolvía en un espacio más amplio y comía mejor. Ella no necesitaba tanto. Estaba enorme. Eso la enfadaba y la hacía chillar. Menos mal que ya no teníamos vecinos. Se marcharon de aquel edificio cochambroso y a los eventuales ocupas les dije que estaba loca. 

Seguía sin estar atento. Debería haber sospechado; sin embargo… 

     Una mañana rompí dos vasos en la cocina, y ella no respondió al estropicio como en otras ocasiones. Me gritaba menos a través de las paredes y apenas daba la murga con naderías. Yo seguía bebiendo y mis encadenadas ausencias hacían crecer el olvido. Incluso en mis sueños la idea de que Glenda no existía se hacía nítida y real. 

     De vez en cuando comía fuera de casa. A la dueña de la taberna de la esquina le gustaban las zalamerías. Un plato de sobras a cambio de algunas ayudas. Su local se había convertido en una segunda casa para mí. Llevaba una semana durmiendo en otra cama más mullida. ¿Y Glenda? 

En ese instante caí en la cuenta. 

    Al entrar en la vivienda un olor insoportable que ya se apreciaba en las escaleras entorpecía mis pasos hacía la sala. Me asomé. Su silueta resaltaba en la oscuridad a la luz del televisor. Seguía sentada, callada, sin mover un músculo. Los ojos muy abiertos. La pantalla de plasma, siempre encendida, iluminaba intermitente su cuerpo. Esos destellos la acunaban, y se habían convertido en un Morse privado.

     Aguantando la respiración me tapé la nariz y la boca. Fui a preparar la maleta. No abrí las ventanas y me aseguré de que hubiera suficiente gas en la cocina. Las velas encendidas harían el resto. 


Lana Pradera 











.