UNA MUJER PARA LA HISTORIA



     Cantada por Lord Byron en su poema Childe Harold, retratada por Goya, Juan Gálvez y Fernando Brambilla, cuando ejercían funciones de reporteros gráficos, entrevistada por el corresponsal de guerra Charles Richard Vaughan, quien difundió su leyenda por la Corte de Londres, homenajeada por Lord Wellington en Sevilla, agasajada con honores militares por parte del almirante Purbis a bordo del navío HMS Atlas en Gibraltar, tratada por el Teniente General británico Charles William Doyle, quien se convirtió en su principal mentor… fue en su momento, más festejada y admirada en Gran Bretaña y otros países europeos que en la propia España. 

     Hablamos, como el lector habrá podido ya imaginar, de Agustina Raimunda María Saragossa i Domènech, apodada “La artillera” y más conocida como Agustina de Aragón. 

     Tal como está de moda decir ahora, ostentadora de “ocho apellidos catalanes”, los nacionalistas y separatistas de esta comunidad no quieren ni oír hablar de ella a pesar de haber nacido en Reus o Barcelona, los historiadores no se ponen de acuerdo, ser bautizada en Barcelona, en Santa María del Mar, y tener por padres a un humilde matrimonio leridano, vieja estirpe de agricultores, pero por entonces trabajar el padre como obrero de manufacturas textiles. 

     El movimiento feminista no suele mencionarla, obviando la talla humana, moral y ética descomunales de esta heroína. Y ello quizás, penoso es considerarlo, por el mismo motivo por el que ningún político de izquierdas ni autor de esta tendencia sintoniza con ella, en mi opinión, como consecuencia de que el antiguo régimen y sobre todo el franquismo, la convirtiera en uno de sus ídolos de cabecera. 

     Claro que la imagen que la vieja sociedad decimonónica y la derecha más vetusta veneró de ella, constituye una semblanza distorsionada, digamos “descafeinada”, del verdadero personaje. 

     Que conste en acta que, para preparar este artículo, he leído últimamente, y también desde hace mucho, cuanto ha caído en mis manos sobre mi protagonista. Hay muchísimo escrito, en extensión, pero no tanto en profundidad. Las biografías coinciden en los datos básicos de su filiación, mas difieren mucho en cuanto al tratamiento de determinados asuntos escabrosos de su trayectoria vital. Sobre todo los relacionados a su azarosa vida sentimental, pero también en lo referido a ciertos detalles de sus, digamos, “hazañas militares”. 

     Los primeros han querido ser disimulados o directamente enterrados por sus estudiosos más fieles a la doctrina moral imperante durante los siglos XIX y XX, e incluso hoy en día. Los segundos, contra lo que pueda pensarse, han sido también diluidos en la inconsistencia no fuera a ser que llegara a hacer sombra a algunos… 

     Cuando, hace poco, surgió la polémica del ascenso a general de la primera mujer del Ejército español, Patricia Ortega, perteneciente al Cuerpo de Ingenieros Politécnicos, hubo gente que en ciertos medios de comunicación y a través de las redes sociales conjeturó sobre su pobre Hoja de Servicios y escasos merecimientos para la obtención de ese empleo militar, llegando esas personas a alegar que solo había ascendido por su condición de mujer, por esto de la paridad… 

     Yo me enzarcé, en la medida de mis humildes posibilidades, en una campaña en recuerdo de la injusticia histórica que se cometió con Agustina, aquella mujer valiente entre los y las valientes, que habiendo reunido méritos más que suficientes para haber obtenido el grado de general, como fue el caso de otros civiles, por supuesto varones, que empezando desde cero llegaron hasta esa cima a lo largo de los seis años de conflicto que duró la llamada “Guerra de la Independencia”, por ejemplo varios de los más famosos guerrilleros, a ella no le fue concedido tal galardón únicamente por el hecho de ser mujer. 

     Porque el que conozca un poco su historia, sabrá que esta valerosa dama no se limitó a disparar un cañón, por cierto el más grande y mortífero con que contaba en ese instante la guarnición española de Zaragoza, una “pieza de a 24”, cuyos sirvientes habían caído todos muertos o heridos, y que casualmente se encontró cargado y apuntado en dirección a la brecha de la muralla por la que una columna francesa intentaba penetrar en la sitiada ciudad, el día dos de julio de 1808, sino que antes de esto ya colaboraba como voluntaria en las tareas logísticas y sanitarias de apoyo a los combatientes, probablemente encuadrada en el Cuerpo de Amazonas que alistó la Condesa de Bureta al comienzo del asedio, para lo cual se necesitaba no poco valor, solidaridad (está claro con los propios) y espíritu de sacrificio. 

     Alegarán sus detractores, aquellos más progresistas y pacifistas, y ciertamente en sintonía con la casi generalidad de la sociedad actualmente, ¿hoy en día, quiénes no somos pacifistas?, que una persona capaz de matar, aunque sea en el acaloramiento de un combate, en el transcurso de una lucha a muerte, a sus semejantes, no merece ningún crédito para la posteridad y por supuesto, llegadas estos tiempos, lo mejor que puede hacerse es al menos callar sus “proezas”. 

     Pero, hay que hacer el esfuerzo, complicado es cierto, de ponerse en su lugar, de calzar los zapatos de los actores de aquellos trágicos acontecimientos. Todos somos muy pacíficos hasta que nos topamos frontalmente con la maldad, arbitrariedad e injusticia de otros. Por ejemplo, si ves usurpar tu legítima morada y que te echen de ella; cuando ves maltratar a los tuyos, empezando por tus propios hijos, contemplar su violación o su asesinato, cuando percibes tus derechos pisoteados alevosamente, tus costumbres prohibidas sin entender el porqué, o tu religión, sagrada para ti, perseguida y escarnecida. 

     Esto es lo que contemplaba el pueblo español más llano en esos instantes. Quizás miopemente, es probable que de forma distorsionada por el parecer de cierta parte de la clase dominante defensora de sus espurios intereses… pero, en definitiva, ese era el horror que vislumbraba, la imposición por la fuerza bruta de ideas que le eran totalmente ajenas. 

     Y si no, cómo se podía entender que la represión salvaje de una manifestación, o si queréis alboroto callejero, dos meses antes de aquello, se saldara con la muerte de casi quinientos madrileños (se sabe nombre y apellidos de unos cuatrocientos diez), ciento cuatro de ellos fusilados sin el menor juicio previo, por parte de aquellos rudos soldados que decían traernos libertad, igualdad y fraternidad. Y eso solo significó el inicio puntual de la barbarie. 

     Para que nos hagamos una idea, ahora que toda la sociedad andamos, con razón, apesadumbrados a causa de los cientos de contusos y algún herido grave que han provocado los vandálicos sucesos tenidos lugar últimamente en Barcelona, pensemos que lo del dos de mayo de 1808, extrapolado a la población actual de Madrid, comparativamente, supondría la muerte de unos diez mil madrileños en un solo día. ¿Podemos entender por un momento el sentimiento que embargaba el corazón de aquellos compatriotas nuestros de hace dos siglos? … 

     Vuelvo a reiterar que eruditos muy bien informados, que sin duda pretenderán haber estudiado a fondo al personaje, entre ellos puede que algunos más bien cándidamente desinformados, o simplemente otros que no pueden aceptar de ninguna manera que su heroína, ejemplo de “casta matrona ibérica”, fuese para la época una mujer muy liberal en sus relaciones amorosas, tanto como otros que considerarán que ya se premió en demasía su valor al ascenderla al empleo de Subteniente (un cargo equivalente entonces al del Alférez actual, o sea el rango más humilde de Oficial) y concederle la correspondiente pensión vitalicia, más que suficiente para ser solo una fémina cuyo mérito consistió únicamente en disparar un cañón ya preparado… y poco más, arremeterán contra mí alegando que no tengo ni idea, o que soy un mentiroso malintencionado. 

     En mi defensa diré, que lo que cuento ha sido escrito por otros, algunos de ellos después de mucho investigar, cualquiera que busque un poco los encontrará, y no he inventado absolutamente nada. Eso sí, me quedo con los datos aportados que me parece mejor retratan al personaje y no con esos otros que, a mi parecer, solo tratan de ningunearla u ocultar paternalmente lo que ellos entienden por flaquezas morales. No alego más. 

     Básicamente, Agustina nació el 4 de marzo de 1786, ya se dijo donde. Casó a los diecisiete años con un militar también de origen catalán, el Cabo Segundo de Artillería Joan Roca Vilaseca y tuvo al año siguiente su primer hijo, al que llamaron también Joan. 

     Al estallar el conflicto, o como varios historiadores la califican, el alzamiento (digamos rebelión militar o golpe de estado), insurrección popular o revolución que la acompañó (del pueblo llano) y guerra civil (entre las élites representantes del antiguo régimen y de los afrancesados), que todo esto fue nuestra Guerra de la Independencia, el marido de Agustina fue de inmediato movilizado, o más bien se sumó a los insurrectos, a los llamados rebeldes por parte de las autoridades, en principio legítimas, las afrancesadas, y participó en los iniciales combates que se produjeron, la primera y segunda batallas del Bruch, en las que por cierto se derrotó al ejército invasor. 

     Se produce a partir de aquí el primer hecho confuso de la biografía de Agustina. Ella marcha hacia Zaragoza con su hijo tan pequeño, apenas cuatro años, mientras que su marido, encuadrado en el ejército regular parte de campaña siguiendo a su unidad; lo que tiene su lógica, pues al estar Barcelona ocupada por los franceses ella no dejaba de ser la esposa de un insurrecto. Pero las biografías oficiales se empeñan en decir que estaba junto a su esposo en la asediada ciudad, quizás porque hay algunos indicios de que durante el sitio podría haber mantenido algún tipo de relación con otro varón. Probablemente son malas interpretaciones, pero lo gracioso es que esas fuentes tan conservadoras trataban de curarse en salud inventando esa presencia más legítima, por si acaso… 

     De camino a Zaragoza, nuestra heroína, encontrándose en la localidad de Esparragueras, al parecer intervino mediando en favor de unos prisioneros franceses, en realidad auxiliares austriacos, que iban a ser fusilados, lo cual, de ser cierto, nos puede hacer vislumbrar cierta tendencia de su fuerte carácter hacia sentimientos de empatía, lo que en mi opinión favorece mucho el carisma del personaje. 

    Durante el asedio de esta ciudad, Agustina llevó a cabo la acción que hemos citado y la hizo célebre, la del famoso cañonazo. Pero, aunque casi todo lo mundo lo ignore o alguno incluso lo trate de silenciar, en realidad ahí empieza su épica trayectoria militar. Ficciones aparte, es muy probable que el coronel que mandaba el destacamento de la Puerta del Portillo, Francisco Marcó del Pont u otro que le sustituyera, desde luego no Palafox ausente en ese momento de la ciudad, arrancó las jinetas, las divisas, de un sargento difunto y se las impuso a la heroína como premio a su valor. 

     Es muy explicable, que la intención del mando que la ascendía simbólicamente de esta forma tan impulsiva, irregular e imprevista tuviera por objeto, más que ninguna cosa, protegerla. Sí, por un lado acogerla en el seno del Ejército para premiarla con una soldada y con derecho al rancho diario, pero mucho más importante que todo ello, evitar su ejecución si caía en manos de los franceses, el inmediato fusilamiento que aplicaban estos a los civiles insurrectos a los que, al menos en los primeros meses, no solía tomar como prisioneros, y menos teniendo en su haber delitos de sangre, como desde aquel momento tenía Agustina, cuyo disparo de aquel cartucho de metralla que cargaba la “pieza de a 24”, había acribillado, matándolos o hiriéndolos, a un nutrido puñado de enemigos. 

     Sí, su instantánea incorporación al Arma de Artillería, y más aún con la ostentación de aquel rango concedido, significaba su salvoconducto para gozar del estatus de prisionera de guerra si al final la ciudad se rendía. 

     Pero Agustina se tomó muy en serio su nombramiento y ante la perplejidad del mando que se lo concedió y demás compañeros, durante todo el día, y también los siguientes, continuó junto a ese cañón o quizás otro más ligero, sirviéndolo en compañía de más artilleros o civiles. Puesto que conocía perfectamente la manera de cargarlos, apuntarlos y dispararlos, gracias a la profesión de su marido y quizás también a llevar observándolo varios días, se adjudicó a si misma el papel de sirviente de la pieza, realizando en persona estas operaciones o haciéndolas ejecutar a sus órdenes, tal como correspondía a su papel de Sargento. 

    Al regreso del comandante de la plaza, el General Palafox, no se ponen de acuerdo los historiadores con el día, quizás en la misma jornada, mientras revistaba las defensas, se quedó sorprendido de que contra sus últimas órdenes, en las que prohibía ex profeso que las mujeres se expusieran en la primera línea de fuego, una dama estuviera sirviendo en persona un cañón. 

     Tengamos en cuenta que, en los asedios, al contrario de lo que pasaba en las batallas campales, donde los artilleros se exponían menos que otros combatientes al situar sus piezas muy lejos del enemigo, a veces a kilómetros, el lugar de mayor peligro era precisamente el emplazamiento de las baterías defensivas, que sostenían terribles duelos con la Artillería de sitio enemiga. 

     Informado Palafox de quien era y de las circunstancias que la acompañaban, y viendo que ejercía su puesto con tanta eficacia como lo habría hecho un avezado veterano, lo dejó estar, confirmó el nombramiento y además empezó a considerar la forja de un nuevo mito, ya disponía de varios, que sirvieran de faro a todos los patriotas que cada vez en mayor número se alistaban voluntarios en el bando insurrecto. 

     Había nacido el mito de Agustina de Aragón o “La Artillera”, nombre que se le dio a partir de entonces a la mujer, que, en un momento en que eran tan necesarios los ejemplos de heroísmo, pasó a ocupar el lugar más destacado entre las numerosas heroínas con que empezaba a contar Zaragoza, como Casta Álvarez, Manuela Sancho, María Agustín, la hermana sor María Ráfols, o la ya citada condesa, Consuelo de Azlor, etcétera, o las que salpicaban en ese instante toda la geografía de España. 

     Terminado el primer sitio de Zaragoza con la retirada del Ejército francés, acuden a la ciudad, enviados por la Junta Suprema Central, órgano de gobierno en funciones, o por iniciativa propia, varios pintores que actúan como reporteros gráficos, o escritores en el papel de corresponsales de guerra para informar al mundo de lo que comenzó a considerarse una gesta de alcance histórico, la resistencia numantina de una ciudad frente a las tropas del tirano Napoleón. 

     Es en ese momento cuando Agustina es entrevistada y además pintada, o al menos se toman apuntes, bosquejos de futuros retratos. Y además conoce al que va a tener como amigo de por vida, el Comisario Inspector de la ayuda británica, Charles William Doyle, entonces Teniente Coronel, con el que mantendrá correspondencia hasta muchos años después. Y he aquí otra peculiaridad de nuestra protagonista, sabía leer y escribir, algo fuera de lo común en aquel entonces, y más siendo mujer, cuando la mayor parte de la población era analfabeta. Las cartas que se conservan son desde luego en español, que Doyle sí hablaba con soltura. Capacidad aquella, la de poder leer, con la que no contaban algunos de los guerrilleros varones que tuvieron tan meteórica carrera. 

     La catalana no cesó en su empeño de defender la ciudad contra los franceses y participó muy activamente en el segundo sitio de Zaragoza. Encuadrada ahora en la batería que defendía la Puerta del Carmen, actuando como sargento o quizás aún simple artillero, y ya vistiendo uniforme, al menos la casaca azul marino propia del Arma, sobre su ropa de mujer. Entiéndase que no hay referencias en ese momento de esto último, pero es lo más lógico teniendo en cuenta que ello representaba como se dijo su salvoconducto en caso de ser capturada; además así la describen algunos más adelante, vistiendo de forma mixta, la parte superior al modo militar y la inferior como civil, de acuerdo a su género. 

     De lo que no cabe la menor duda, puesto que ha aparecido la documentación, además hace relativamente poco, es que estaba encuadrada en esa batería y de que además ya figuraba en la lista de revista, en la correspondiente a las nóminas. 

     Durante este segundo cerco, más salvaje y sangriento aún que el primero, donde los duelos artilleros se sucedían sin descanso, Agustina siempre anduvo en el lugar de mayor peligro viendo caer a muchos compañeros destrozados por balas de cañón y granadas. 

     El 31 de diciembre, vuelve a realizar una nueva acción heroica, medio suicida, al sumarse voluntaria a un contraataque, más propio de tropas de Infantería que de las de su especialidad, una carga dirigida contra el convento de la Trinidad Descalza, que acababan de tomar los franceses, a fin de desalojarlos de allí. Ella misma se pone al frente de una de las columnas y combate junto con los atacantes, cargando mosquetes o incluso disparándolos ella misma. 

      El intento fracasa debido a una maniobra envolvente de los galos y Agustina está a punto de morir en el tiroteo o ensartada por las bayonetas, pero se salva providencialmente arrojándose al foso de un parapeto. Cuando regresa a su batería trae consigo dos fusiles y un tambor arrebatados al enemigo. 

    Informado del suceso, Palafox no tiene más remedio que condecorarla de nuevo y, muy probablemente, fue en ese momento cuando realmente obtuvo su ascenso a Subteniente. 

     A poco de esta acción, la heroína cae enferma seguramente de tifus, epidemia que empezaba a enseñorearse de la ciudad causando más bajas que las balas del enemigo. 

     El 21 de febrero de 1809 y tras dos meses de frenética resistencia, Zaragoza finalmente se rinde a las tropas de Napoleón, la urbe está desbastada. De los 55.000 habitantes que consignaba el último censo, la población, se comprobará en el siguiente, ha descendido hasta los 12.000. No solo son los muertos, es además el éxodo masivo que se produce al terminar el cerco y los miles que marchan prisioneros camino de Francia. 

     Agustina, convaleciente en un camastro, se entera de que la ciudad se había rendido tras el prolongado sufrimiento, acentuado por la peste y el hambre, los franceses entran en la ciudad. Se pone en píe y consigue que la ayuden a vestirse a ella y también a su hijo de cinco años, en el mismo estado febril que la madre, y a recoger sus enseres. En un primer momento trata de pasar desapercibida pero alguien la delata o algún enemigo la reconoce. Sin duda es entonces cuando alega su condición de militar para que se respeten su vida y la del pequeño Joan. 

     Es detenida y se le comunica que como prisionera va a ser conducida hacia Francia junto a los otros doce mil prisioneros que han tomado en la ciudad. Por cierto que se calcula que de estos morirían, fruto de las penalidades de la marcha y la fatiga que ya traían, trescientos hombres diarios a lo largo del camino, amén de los dos cientos cincuenta que mandó fusilar el general Lannes antes de llegar a Alagón incumpliendo de ese modo los términos del armisticio. 

     Por no aburrir al lector resumiremos aún más los avatares de su carrera militar aunque en absoluto se estaban pormenorizando todas las vicisitudes por las que pasó. 

     Empecemos diciendo que Agustina, a la que gracias a la compasión de uno de los prisioneros de más alcurnia, que contaba con sus propios mulos para transportarse, pudo llevar su equipaje e hijo enfermo a cuestas hasta que, durante la marcha, a la altura de Caparroso, le roban la cabalgadura, el poco dinero que tenía y hasta la ropa. Algún historiador apunta que en el transcurso de este suceso fue violada, cosa que por otro lado estaba a la orden del día, pero no hay más pruebas de este suceso que por otra parte ella nunca declaró. 

     Llegados a Puente la Reina, la heroína, fingiéndose más enferma de lo que en realidad estaba, consiguió escapar del hospital donde habían ingresado los casos más graves de la cuerda de prisioneros. En su azarosa huida a través de los campos, al llegar a la localidad de Ólvega, acaba falleciendo su extenuado hijo. 

     Sin medios y confiada a la caridad ajena, camina de aldea en aldea por las provincias de Soria y Teruel, intentando eludir las patrullas francesas hasta llegar a la capital de esta última provincia. 

     La ciudad no ha caído todavía en dominio de los invasores y allí se da a conocer a las autoridades civiles y militares, que han oído hablar de sus gestas, pero la creían muerta o prisionera en Francia. 

     Se expide entonces pasaporte, un salvoconducto militar, para que viaje a Sevilla y se presente a los representantes del gobierno en funciones. Agustina, parte para el sur de España, para el territorio libre aun, desde los días de la batalla de Bailén. 

     Según mi opinión, aunque a la heroína no le faltaron allí, y luego en Cadiz y Gibraltar todo tipo de homenajes, los miembros de Junta Suprema Central debían ser reacios a reconocerle algún tipo de empleo militar; en determinados ambientes las disposiciones de Palafox, a veces un tanto extemporáneas, eran muy discutidas, y ese parecía uno de los casos… se trataba de solo una mujer, encima sin ningún título nobiliario que la adornase. 

     Estoy convencido de que influyó de alguna manera el Duque de Wellington, a quién el heroísmo de la española le había cautivado, a través de su más acérrimo admirador, el Comisario Doley, para que el gobierno admitiera la instancia que ella elevaba, donde la exponente reclamaba el ascenso a Capitán, que sin duda, a tenor de sus méritos, consideraba ajustado a derecho según lo que observaba en sus camaradas masculinos. Finalmente consiguió que la Junta reconociera su ascenso a Subteniente, y punto. Y no pasó de ahí en toda la guerra, pese a que su Hoja de Servicios iba a ser brillantísima. 

     Sintetizando, participó a continuación en el sitio de Tortosa, a finales de 1810, como jefe de la línea de piezas de una batería. Cuando tras dos meses de asedio esta localidad también capituló, volvió a ser tomada cautiva. En esta ocasión, aunque hay varias versiones, se dice que fue liberada en un canje de prisioneros. 

     Acto seguido, no se sabe muy bien cómo, quizás al estar casi toda España ya ocupada por los “imperiales” era complicado enlazar con fuerzas regulares, acabó enrolada en una de las partidas de guerrilleros, concretamente en la que capitanea Francisco Abad, “El Chaleco”, y que operaba en La Mancha. 

     Varios estudiosos opinan que su experiencia con estos no fue muy afortunada, bien porque se sintiese ninguneada al querer postergarla dentro del grupo a tareas “propias” de su sexo, o bien porque no le gustase el modo traidor en el que pretendían actuase amparándose en su condición de mujer, o incluso, alguno más atrevido insinúa que Agustina llegó tener un encontronazo con otra famosísima heroína, “La Galana”, a causa de los amores que ambas pretendieron con “El Chaleco”. 

     Se da la circunstancia, lo aclaro para que el lector forme su parecer, de que los tres personajes andaban en edades rayanas, 25 años tiene por entonces Agustina, 24 Juana Galán y 23 Francisco Abad, lo que no es óbice para que en ese momento el manchego tuviera a su cargo cuatrocientos hombres y a poco fuese ascendido a Coronel. Es poco probable el asunto si nos fijamos en sus circunstancias vitales, pero sí pudieron llevarse mal por incompatibilidad de caracteres. 

     No obstante lo dicho, Agustina llega a participar en algunos golpes importantes antes de abandonar la guerrilla. 

     A continuación, se incorpora al Ejército del Norte y por recomendación nuevamente de Wellington o Doley, es destinada a una batería de montaña, de cañones ligeros, de la división del General Morillo. En ella encuadrada, participa, ya en 1813, en la batalla quizás más importante de la guerra y una de las últimas, la de Vitoria, donde el propio Rey José, el hermano de Napoleón, impuesto por él como monarca de España, es derrotado de forma abrumadora por el ejército combinado de ingleses, portugueses y españoles. 

     Si hasta aquí hemos hablado de sus hazañas militares, a falta de una legendaria última gesta acometida ya en su ancianidad, que luego comentaremos, nos referiremos brevemente a esos escabrosos asuntos, para la mentalidad de la época, que algunos han tratado de ocultar. 

     Muchos pueden ser meros chismes pero los cito por si ayudan a que forjemos en nuestra imaginación una semblanza del personaje. 

     La idea de que ella y su marido estuvieran separados en el momento del inicio de la guerra o al poco, es muy recurrente. La posible presencia de un amigo muy especial o un amante, en el transcurso del primer sitio, que quizás hubiese caído abatido, muerto o herido, un momento antes de su disparo del famoso cañón, lo insinúa el propio Palafox en sus memorias. 

     Volviendo al inicio del párrafo anterior, lo cierto es que ambos cónyuges no coinciden en toda la guerra, seis años, más que si acaso en una única ocasión. Algo extraño puesto que no hubiera sido demasiado complicado que ella hubiera seguido al marido en todas sus campañas, como muchas mujeres hicieron, puesto que algunas facilidades se les proporcionaban para ello. Hay eruditos que afirman erróneamente que participaron en casi todas las acciones juntos, cuando sus hojas de servicio no se asemejan en prácticamente nada. 

     Su tercera hija, Carlota Cobo, nacida de su segundo matrimonio, en la biografía novelada que escribió sobre su madre, describe un personaje llamado Luis de Talarbe, también militar, supuesto amante de su madre, que conoció en Menorca, antes de la guerra, cuando su marido estaba allí destinado. Según la novela, este hombre acompaña a Agustina en todas las vicisitudes del conflicto a partir del segundo sitio de Zaragoza, cuando se reencuentran. Con ella caería prisionero las dos veces, tras la rendición de esta ciudad y luego la de Tortosa, escapándose juntos, etcétera, hasta llegar a la batalla de Vitoria. Luego, cuando la guerra se termina en 1814, el tal Talarbe se embarca hacia América, donde a la sazón se agitan las guerras de Independencia de las colonias españolas, al enterarse de que Agustina, reclamada por su marido, no tiene más remedio que volver con él. 

     Sería un tanto extraño que la propia hija de la heroína, con la que se llevaba muy bien, hasta el punto de irse a vivir con ella tras separarse de su segundo marido, inventase semejante historia en vida de su madre, si no hubiese algo de verdad en ello. Aunque es significativo que el hombre que cayó en el Portillo no podía ser el tal Talarbe, ¿entonces quién? ¿Tal vez un simple amigo o conocido? 

     Respecto a este Talarbe, la investigadora Ana María Freire López, ha prácticamente resuelto la incógnita de a qué personaje de la vida real podía corresponder el de la ficción literaria, llegando a la conclusión de que se trataba del Teniente General José Carratalá y Martínez, que entre las biografías de todos los componentes del Ejército Español del siglo XIX, es la única que parece corresponderse con los detalles que la obra literaria proporciona sobre el personaje de ficción, aunque en la vida real Carratalá no aparece en las mismas fechas y lugares que Agustina en una época tan temprana como cuenta la novela, sino solo a partir del segundo sitio, parecen concurrir de forma paralela en casi todas las campañas y hechos de armas. 

     El personaje real, como Talarbe, se embarca al terminar la guerra, hacia América, una vez allí se casa con una criolla y cuando regresa a España, ya con el empleo de General, ocupa importantes destinos como Gobernador Militar y hasta Ministro de la Guerra, un personaje demasiado importante como para que Agustina diera consentimiento a su hija para hablar de sus posibles ilícitos amoríos, si es que en realidad los hubo. 

     No acaban aquí las, para la época, escandalosas, relaciones sentimentales de la bizarra española y catalana. Cuando en 1824 muere su primer marido, al que enfermo desde hace años en ningún momento dejó de cuidar, pese a que quizás no hicieran vida marital desde hacía mucho tiempo, al menos desde que engendraron a su segundo hijo, otro varón al que igualmente llamaron Joan, casó con un médico, Juan Eugenio Cobos de Mesperuza, once años más joven que ella y además solo siete meses después del fallecimiento de su esposo, lo que en aquel tiempo era socialmente inadmisible, no respetar el riguroso luto; esto aún peor que lo de la diferencia de edad tan abultada sobre la del varón, en una época que la norma era casar las mujeres casi niñas con hombres mucho más mayores, nunca al revés. De hecho, hubieron de mantener el secreto hasta transcurrido un año del óbito del difunto primer esposo. 

     Agustina tuvo su tercer vástago, una niña, la citada Carlota, nada menos que a sus 39 años, una nueva proeza fuera totalmente del término medio de la época. 

     Terminaremos estos dimes y diretes de su intimidad ampliando lo arriba apuntado, la heroína, efectivamente, se acabó separando también de su segundo esposo, marchando a vivir con su hija Carlota, yerno y nietos a la ciudad de Ceuta. La causa directa bien pudo ser el que su cónyuge hubiese abrazado el carlismo en su rama política y Agustina, más inclinada de forma natural hacia el lado liberal, desease poner distancia de por medio. Pero no olvidemos que corrían ya los tiempos de las guerras carlistas y quizás su pensión militar estuviese en peligro al gobernar España en esos momentos el bando liberal sostenedor de la monarquía parlamentaria y la Constitución de Cádiz de 1812. Otra causa pudo ser el que la diferencia de edad hubiese pasado algún tipo de factura en forma de infidelidad, nadie lo sabe. 

     Dejamos para el final el narrar su última gesta, la que llevó a cabo nada menos que a sus 68 años, edad muy avanzada para la época. Un año después de que se instalase definitivamente en Ceuta, se produce un motín entre los reclusos que cumplen su condena en el penal de Monte Hacho, muy numerosos, hasta varios cientos, entre ellos predominan los presos políticos, a parte de los comunes y militares. A fin de evitar la matanza que sin duda se va a producir sobre todo entre los reclusos, pero también entre las fuerzas del orden, Agustina se presenta al Capitán General Antonio Ros de Olano para que le permita mediar y así sofocar la rebelión pacíficamente. El aludido le concede permiso y la heroína se viste su viejo uniforme, con falda negra, casaca azul marino y chacó, sus varias medallas sobre el pecho y sable al cinto. Sube al Hacho y entra en el recinto ante la atenta y fiera mirada de los amotinados, algunos de ellos de espantoso semblante… Tras una larga entrevista, se dice que duró horas, los rebeldes depusieron su actitud. 

     Perdonadme la expresión castiza pero… ni los del caballo de Espartero. 

     Tres años después de este suceso, a sus 71, muere de una bronconeumonía la heroína de Zaragoza, era el 29 de mayo de 1857. 

     Con todo respeto, espero que el movimiento feminista tome nota y permita a esta noble mujer figurar en el lugar que en verdad le corresponde, para que ese patriarcado contra el que dicen luchar no siga, gracias a su inconsciente colaboración, ninguneando (eso es lo que en el fondo hace mientras no sea reconocida como en derecho merece) a uno de los personajes más ilustres que ha dado esta nación. 


Antonio Castillo-Olivares Reixa 

Móstoles, 25/11/19